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viernes, 12 de febrero de 2010

TAJANDO LAS HORAS

Y todo se reordena,
se reacomoda,
se estructura,
se enfría, se frena y mecaniza,
de ocho a doce,
de siete a doce,
de siete a catorce treinta,
de una a seis,
de catorce a siete.
Cuando todo se mide en sangre,
en arma que apunta,
en arma que dispara,
en látigo,
en tristeza,
en escarcha,
en sueldo.

Y vuelta al vuelto del grueso,
a lo que sobra del día,
de los días,
por esas horas cansadas,
se fugan los exaltos,
los exabruptos,
las diosas se riegan todo lo que brota,
los demonios despliegan las alas sobre el vino,
se sacan fotos que se quieren guardar para la posterioridad,
antes de las ocho,
después de las seis,
entre doce y dos,
los domingos,
los feriados,
se desarma la máquina,
y sus partes se convierten en moscas, algunas,
en pájaros otros,
en bichos bolitas,
en piedras, los estoicos,
hacen la pasta que lo autogenerará todo,
idean hijos,
embarazan el combustible de la máquina.

Hoy, la rebelión consiste
en mirar una rosa en horario mercantil,
hasta pulverizar lo mercantil del horario.

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